Hace ya muchos años que Luisa y su familia me brindaron su amistad. Una mujer humilde, valiente, luchadora, comunicadora y ejemplar, que ayer nos dejó a sus 97 años. Había nacido en Cucayo (Vega de Liébana) en el año 1929 en una familia de cuatro hermanas. Tuve muchas conversaciones con ella, porque cuando subía a Cucayo te hacía sentir como en casa, con sus amenas charlas al pie de la lumbre, en el bar que en el año 1975, ella y su esposo Desiderio, abrieron con mucho sacrificio, donde acudían vecinos y visitantes, porque el trato y la comida siempre fue un referente en su casa. En muchas ocasiones me decía que la gente que iba a comer, se sentían satisfechos con un plato donde no faltaban huevos, chorizo y patatas, todo ello casero. No pedían más, porque era un auténtico manjar.
Tuvo una infancia dura, en un pueblo donde hasta que llegó la carretera la única comunicación era por el camino de Las Retuertas a Bárago. Muchas veces la tocó bajar los lunes andando a vender al mercado de Potes, huevos, mantecas, jamones u otros productos, para poder regresar con otros alimentos y productos de necesidad. Incluso, cuando alguien se ponía enfermo, se le trasladaba encima de una escalera cubierto con una manta, por ese angosto camino, sobre todo en su parte inferior, para poder llevarlo al médico.
Recordaba cuando iba a la escuela. Poco, porque había días que como era la hija mayor había que atender a los animales o las tierras de labor. Ochenta niños, que en los primeros años en las duras noches de invierno, se calentaban con unas brasas que llevaban desde casa en una pequeña lata. Incluso, fue muchas veces al estraperlo con los burros a los pueblos palentinos, principalmente a Roscales, cruzando el collado de Aruz, para traer trigo que molían en Cervera de Pisuerga.
Nevadas de hasta metro y medio en los duros inviernos, incomunicados, hasta que cesaba de nevar y se abrían a pala los caminos. En casa, en esos primeros años, tenían dos bombillas y una trampilla que comunicaba la planta baja con la cocina, y las iban cambiando cuando era hora de acostarse.
Se casó con Desiderio Cuesta, en el año 1959, como muchas veces me confesó, “con el cielo y la tierra como testigos”, con boda familiar y sin viaje de novios.
Su vida fue dura, de trabajo y sacrificio y dio a luz a seis hijos. Atendía el ganado, las tierras y a sus pequeños, así como el bar y el comedor, donde ya en 1975 tuvo su ayuda. Su esposo, Desiderio, falleció en un triste accidente, y ella siguió adelante, junto a sus hijos, que en el año 2005 cuatro de ellos decidieron abrir la Posada de Cucayo, en el pueblo, un referente dentro de la hostelería de la comarca por su trato familiar y sus continuas atenciones.
Allí, Luisa, en compañía de sus hijos, ha vivido todos estos últimos años de su larga vida, pero ahora nos deja su recuerdo, su valentía, su lucha constante y su sacrificio y buen hacer. Su coraje y sobre todo su humildad, seguirán por siempre iluminando esos parajes y montañas donde nació y vivió feliz.
Pedro Álvarez
