Ricardo Heras – Emigrante lebaniego en Argentina

Ricardo Heras (Potes, 1935) abandonó su querida villa natal lebaniega cuando tenía dieciséis años para emigrar a Buenos Aires, buscando un futuro mejor, y para poder ganar algo de dinero y contribuir así a ayudar a su madre, viuda, y a sus hermanos. Fue un viaje hacia lo desconocido, donde tuvo que empezar a trabajar muy duro en negocios hosteleros, donde iba guardando las propinas que generosamente recibía de los clientes. Gracias a su sacrificio, montó su propia empresa repartiendo sifones de gaseosa de casa en casa. Durante tres años fue el máximo responsable del Centro Montañés de Buenos Aires, donde los emigrantes de Cantabria y de otros lugares de la geografía nacional, se reunían para estrechar lazos de amistad y recordar la tierra donde un día tuvieron que salir para buscar un futuro mejor. Después de regresar en varias ocasiones a Potes, y de estar más de cincuenta años viviendo en Argentina, tomó la decisión de volver definitivamente a su tierra, para disfrutar de una merecida jubilación. Ricardo, un hombre sencillo y humilde, de gran corazón, se ha ganado el cariño de todos los lebaniegos.

-¿Qué recuerdos guarda de su infancia en Potes?

-Éramos una familia humilde. Mi padre era un buen zapatero y mi madre crio a siete hijos. Fui solo hasta el tercer grado en la escuela. Fueron tiempos duros, donde tuvimos una guerra y postguerra. Cuando tenía catorce años, falleció mi padre. Uno de mis hermanos tuvo que llevar la zapatería familiar y yo iba a la bolera de La Serna, donde pinaba los bolos, para ganar unas monedas y llevárselas a mi madre.

-En 1952, con dieciséis años, toma la decisión de emigrar a Buenos Aires. ¿Qué le dijo su madre?

-Había que buscar un futuro mejor y ayudar a mi familia. Recuerdo aún emocionado cuando me despedí de mi madre. Al salir de casa me mandó ponerme de rodillas frente a ella y me dijo que no haría mal a nadie. Durante todos estos años, su consejo siempre ha sido algo que he llevado dentro y cumplido con mucha humildad.

-Nunca había visto el mar ni viajado en barco. ¿Cómo fue esa travesía de España hacia Argentina, cruzando el Atlántico?

-Fui de Potes a Santander y de la capital hacia Bilbao, donde cogí el barco ‘Enterríos’, un buque de guerra que Argentina compró a Estados Unidos. Íbamos mil pasajeros y había camarotes para hombres y para mujeres. Hicimos escala en Vigo, Canarias (donde compré unos plátanos) Brasil, Montevideo, Río de la Plata, y finalmente, Buenos Aires, donde llegamos después de 24 días en alta mar, donde me mareé mucho.

-¿Cuáles fueron sus primeros trabajos en Buenos Aires?

-Me contrató un lebaniego, Paulino Casado, de Casillas (Ojedo). Comencé a trabajar lavando copas a mano, en un bar abierto día y noche. Trabajábamos doce horas y tuve que hacer muchas veces veinticuatro horas seguidas, supliendo a compañeros. Después, trabajé de camarero en la barra. Durante ocho años no recibí ingresos por mi trabajo, ya que tuve que pagar el pasaje, la alimentación y la ropa.

-¿Cómo fue la decisión de crear su propia empresa?

-Durante tres años estuve trabajando de repartidor con un gallego de Lugo, pero decidí dar un paso adelante y comencé a repartir sifones de gaseosa o de agua, por las casas de Buenos Aires, que transportaba en un carro con llantas de goma, por la calle Corrientes, en cajones de seis o doce sifones, de un litro. La fábrica de sifones se llamaba ‘La Prida’ y llegamos a ser siete personas trabajando en ella. Luego, fui propietario del hotel Roma, que tenía quince habitaciones y cinco trabajadores. Todo ello lo vendí al venir definitivamente para España.

-¿Qué supuso para usted el Centro Montañés durante su estancia en Buenos Aires?

-Guardo muchos recuerdos. Me casé en Argentina con Elba Noemí Polverini, con la que tengo dos hijas y un hijo, que se criaron especialmente los fines de semana en el Centro Montañés, donde acudíamos a menudo. Fui tres años presidente. Se juntaban hasta 3.000 personas de doce comunidades autónomas, y ponían su plato típico para degustar. Éramos una gran familia.

-¿Qué ha cambiado en su villa natal y en el resto de Liébana desde que se fue de emigrante en 1952?

-Ha mejorado muchísimo la calidad de vida de mis vecinos. No se parece en nada a lo que yo conocí entonces. En mis años de juventud, Liébana casi era una desconocida para el turismo. En Potes, había solamente cuatro coches. Hay muchos y buenos establecimientos hosteleros, y me alegro mucho del avance que hemos dado, porque ha contribuido a crear puestos de trabajo.

-¿Qué rincones son sus preferidos para disfrutar del verano en Liébana?

-Me gusta mucho pasear. Disfruto mucho recorriendo el casco viejo de Potes, y el bonito paseo de los ríos Quiviesa y Deva, porque todo me evoca recuerdos de mi infancia. También me gusta asistir a fiestas de verano en los pueblos, sobre todo a Valmayor, patrona de Potes; a la Virgen de las Nieves, en Tudes, y a la fiesta de la ermita de San Tirso, en Ojedo.

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