Daniel Hoyal, jubilado del teleférico de Fuente Dé, recuerda con cariño a la «gran familia» que formó con sus compañeros del cable, con los que vivió toda su modernización

Entró a trabajar en el teleférico de Fuente Dé siendo muy joven. Y allí continuó hasta su jubilación. En ese trayecto ha conocido la modernización tanto de las cabinas como de los sistemas de seguridad y de mantenimiento. Daniel Hoyal (Pido, 1944) ha realizado cientos, miles, de viajes con los visitantes que accedían al macizo central de los Picos de Europa. Dentro de las cabinas ha vivido muchas anécdotas y ha visto en primera persona el miedo de los viajeros cuando soplaba el viento. Siempre ha considerado a sus primeros compañeros, más veteranos, como sus «maestros» y ha contemplado los Picos en todas sus estaciones, reconociendo que «cada día es diferente y tiene su encanto especial». Desde la experiencia que acumula, ve «muy necesaria» la obra de reforma del aparcamiento de Fuente Dé, «porque va a significar una gran mejora para los miles de visitantes que se acercan hasta este paraíso natural». No ve de justicia que los visitantes, cuando llegan las fechas punteras, como Semana Santa o algún puente, cuando el aparcamiento se llena, «tengan que dejar su coche carretera abajo, casi hasta llegar a Pido, y subir luego andando».

-¿Cómo surgió lo de trabajar en el teleférico?

-En 1968 había regresado a mi pueblo natal de Pido, una vez cumplido el servicio militar. Hacía falta gente para trabajar en Fuente Dé y me lo propusieron. No lo dudé un momento y entré en plantilla, como fijo, el 1 de mayo de 1970. Comencé a trabajar de camarero en la cafetería de la estación inferior, cuando los cafés valían dos pesetas y los cubalibres, cinco. A los pocos años, se jubiló un compañero, Juan Tomás, y entré a trabajar en las cabinas, porque yo ya sabía su funcionamiento. Aprendí por las noches, cuando subíamos a dormir dos empleados de la cafetería al refugio de la estación superior, donde había cuatro literas para montañeros y un pequeño bar. Otras veces, cuando se cargaban los cables de nieve, había que subir en esquís desde Espinama para poder quitar la nieve acumulada en la entrada de la cabina a la estación. Solamente Ángel Lama y yo sabíamos esquiar.

-¿Recuerda cómo eran las primeras cabinas del teleférico?

-Tenían capacidad para siete personas. Luego se cambiaron a catorce, posteriormente a veintiocho, y finalmente, las actuales, que son de veinte. Recuerdo cuando un viaje valía catorce pesetas, en aquellos primeros años. Para comunicarnos, había un teléfono de manivela en la estación superior, conectado con el Parador de Fuente Dé, por si había alguna incidencia. Entonces, no era como ahora, que todo está automatizado. Por ejemplo, el sistema de frenado consistía en accionar una palanca, que saltaba, se agarraban unas mordazas, y no dejaba salir el cable. Para volver a armar de nuevo el sistema, tenías que subirte encima de la cabina, para poder soltar esa mordaza, aflojando unos tornillos. Respecto al mantenimiento anual de las cabinas, una de las labores que hacíamos era la de engrasar, y para ello llevábamos detrás de la cabina un pequeño cajón amarrado, y con unos cepillos de alambre, ibas limpiando el cable, y luego con un caldero con grasa, lo engrasabas.

-¿Quiénes fueron sus primeros compañeros?

-Cuando empecé a trabajar en el teleférico era muy joven y el resto de los compañeros me doblaban la edad, eran ya veteranos. Recuerdo con cariño a todos, pero de una forma muy especial a los primeros: Emeterio Prado, Francisco Dosal, Jacinto Antón, Juan Tomás López y José María Sebrango, que era el encargado. Fueron mis maestros y siempre les consideré, además de compañeros, como mi segunda familia. Después, entró gente más joven, con los que también he tenido una gran relación. De todos guardo muy buenos recuerdos.

-¿Cuál fue su primera nómina?

-Cobraba 3.000 pesetas mensuales y si había que realizar algún trabajo extra, se incrementaba algo.

-¿Quiénes eran los viajeros más habituales que subían en el teleférico los primeros años de funcionamiento?

-Sin duda alguna, los montañeros. Antes de ponerse en funcionamiento las cabinas, accedían al macizo central atravesando la dura canal de la Jenduda. El teleférico significó un antes y un después para ellos.

-¿Qué nevadas caían en la zona en aquellos tiempos?

-Impresionantes. En invierno, había que parar muchos días la actividad del teleférico. El viento también era un auténtico peligro, porque movía las cabinas de un lado hacia el otro. Yo nunca tuve miedo, pero entonces no teníamos medios como ahora para saber cuándo había que parar. La razón de dormir dos empleados todas las noches arriba era para que por la mañana el teleférico pudiera funcionar, y para eso había que quitar la nieve acumulada arriba, en el cajón o en las poleas. Recuerdo una nevada que otro compañero y yo estuvimos ocho días arriba, sin poder bajar. Ya sólo nos quedaban cuatro patatas de suministro.

-¿Cuándo soplaba fuerte el viento la gente en la cabina pasaba miedo?

-Sí. Había que tranquilizarles un poco, sobre todo a los que se ponían histéricos. Nosotros estábamos allí para acompañarles, calmarles y para decirles que todo estaba bajo control y que no iba a pasar nada, como así ocurría.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *