Potes acogió la conferencia de Eduardo Strauch
Eduardo Strauch, superviviente de la tragedia del avión de los Andes en el año 1972, participó en una conferencia dentro de la programación de las X Jornadas de la Montaña Lebaniega, habilitándose una carpa con capacidad para 400 personas que se quedó pequeña, ya que mucha gente tuvo que escucharle desde el exterior de la misma.
Darío Rodríguez, de la revista Desnivel, presentó al conferenciante al que definió como “una persona cercana y sencilla” y añadió que “la historia que os va a contar es una historia de una auténtica batalla por la supervivencia que durará 72 días y que es de las más importantes de la humanidad”.
El conferenciante comenzó anunciando que “estoy resuelto a venir el año que viene para hacer el Camino Lebaniego, ya que me ha fascinado este lugar” y recordó que “Cantabria tiene una conexión muy importante con la zona nuestra, porque mi madre siempre creyó que estaba vivo, y durante los 72 días que estuvimos desaparecidos, nuestras madres y las novias de mis amigos rezaron a la Virgen de Garabandal”.
Recordó el momento del impacto del avión sobre la nieve. “Éramos 45 personas. Quedamos sobre un glaciar en medio del valle de las Lágrimas, cuyo nombre supimos después de 72 días y 72 noches en ese lugar. Allí, empezó la noche más horrible de nuestras vidas sin ninguna duda, de la que solamente sobrevivimos 16 personas.Todos pensamos que estábamos viviendo una pesadilla”.
Admitió que “a los seres humanos nos mandan al mundo sin manual de uso. En esos 72 días fuimos aprendiendo el potencial que tenemos los humanos y la capacidad para adaptarnos y para crear. Yo, aprendí mucho de esa experiencia y lo he seguido procesando hasta el día de hoy”.
Explicó el ingenio del grupo para sobrevivir. “Para protegernos del sol y no quedarnos ciegos, arrancamos los parasoles de la cabina de los pilotos, los cortamos en pedazos y con unas carpetas de navegación de plástico nos hicimos lentes que nos salvaron de quedarnos ciegos”, y para solucionar el problema de la falta de agua “mi primo Adolfo lo solucionó cortando las tapas de aluminio detrás de los asientos del avión para hacer una especie de embudo, y así colocar la nieve y gota a gota ir llenando la botella”.
También como “todos los días llenamos las valijas con piedras y hacíamos una cruz en la nieve, pensando que algún avión si sobrevolaba por encima de nosotros nos encontraría”, y para combatir el frío a 4.000 metros de altitud “cogimos los forros de los asientos e hicimos una gran manta cosida con cables de cobre, con la que nos tapábamos todos para aguantar el frío nocturno”.
La falta de comida les obligó a tomar una dura decisión. “Disponíamos de muy poca comida que distribuimos equitativamente los primeros días entre todos. Unas galletitas, algo de chocolate, una lata de mejillones, una tapita de desodorante con un poco de vino o licor… pero estábamos desesperados porque esa comida se iba acabando, pero éramos conscientes de que nos iban a rescatar El único motivo por el que logramos la fuerza, la energía, el motor de no enloquecernos, fue tener esperanza y la capacidad de poder que tiene la mente”.
Cuando se quedaron sin comida fueron conscientes de que para sobrevivir había que obtener proteínas. “Seguramente fue la decisión más difícil de mi vida y a la vez la más fácil, porque esa decisión de alimentarnos con los cuerpos de nuestros compañeros fallecidos suponía poder seguir vivos a la espera de un rescate, pero a su vez había que vencer a ese tabú que también teníamos. Alguno se resistía, pero al final se convencieron que era la única opción”.
Un momento muy duro fue cuando “el décimo día escuchamos en la radio que se suspendía nuestra búsqueda en la Cordillera de los Andes. Era horrible no poder comunicarnos y decir que estábamos vivos. Entonces ya supimos que no había ayuda externa y que dependíamos de nosotros mismos, hasta que Canesa y Parrado después de una larga y durísima travesía por las montañas pudieron llegar a un lugar habitado y se inició así nuestro rescate”.
Strauch, emocionado, con el fondo de música del Ave María, mostró imágenes de su familia y seres queridos.
En las preguntas que le realizaron al finalizar la conferencia, Strauch, habló de la “importancia del amor a nuestras familias, a la vida, a la naturaleza” y del por qué había decidido participar en conferencias. “Todo ese sufrimiento y horror vivido, lo quiero transmitir a la gente para que conozcan nuestra historia de superación. Me motiva mucho y me hace ser cada vez mejor”.
Admitió que “el amor a la familia me dio las fuerzas” y que cuando les rescataron “me sentí feliz y me salía esa felicidad por los poros”.
Preguntado sí creía en Dios, dijo que “fui educado en familia católica pero después de los 16 años empecé a hacer razonamientos y alejarme de la iglesia. Cuando llegué a la cordillera ya no creía en ese Dios, porque cada vez creo más en el ser humano y me siento parte de la naturaleza, del cosmos. Soy muy espiritual, disfruto mucho de mi espíritu, pero no creo en Dios”.
La lebaniega María del Carmen Sánchez, le hizo entrega de la revista Luz de Liébana, donde se habla de Numa, su amigo, el último que murió en los Andes, ya que “su bisabuelo era lebaniego, por parte paterna de la familia Pesquera, de Camaleño y emigró a Uruguay”.
Eduardo Strauch, concluyó su participación en las Jornadas de la Montaña Lebaniega, firmando ejemplares de su libro “Desde el silencio”.








































